Siempre me ha hecho gracia ese segundo exacto en el que alguien hace algo sin querer y todavía no sabe cuáles van a ser las consecuencias. Es un instante muy pequeño, pero existe. Se cae una copa, se rompe un vaso, tiras el café de otra persona o das un golpe con el coche aparcando y durante unas décimas de segundo el mundo entero parece quedarse quieto esperando una resolución. Primero miras lo que acaba de pasar. Después miras alrededor. Luego aparece esa cara que todos conocemos porque todos la hemos puesto alguna vez. Una mezcla bastante precisa entre “lo siento muchísimo” y “ojalá pudiera retroceder exactamente siete segundos en el tiempo”.
Ayer ese momento ocurrió en la mesa 9. Habíamos sacado unos canelones y, antes de que pudieran probarlos, una copa de vino tinto cayó encima.
Después del servicio me puse a pensar: ¿Quién inventó esa especie de contabilidad invisible que llevamos en la cabeza? Si yo hice esto por ti, algún día espero que recuerdes que lo hice. Si alguien rompe algo, lo paga. Si alguien se equivoca, lo arregla. Si alguien provoca una pérdida, la compensa.
Las personas derramamos vino constantemente. A veces literalmente. Otras veces hacemos perder tiempo a alguien, decimos algo que sonaba muchísimo mejor dentro de nuestra cabeza, prometemos cosas que después no podemos cumplir y, de vez en cuando, estropeamos algo que estaba perfectamente bien antes de que nosotros apareciéramos. ¿Y qué hacemos entonces? ¿Lo compensamos todo? ¿Cuánto vale llegar veinte minutos tarde? ¿Dos cafés? ¿Un desayuno?
Creo que algunas cuentas tienen que quedarse abiertas. No porque las cosas no tengan valor, sino porque intentar cobrarnos absolutamente todo sería agotador.
Quizá no todo lo que damos tiene que volver exactamente de la misma manera.
Hay días en los que alguien derrama el vino.
Y lo único que toca hacer es sacar unos canelones.
