El arte de que todo te dé igual.

No sé en qué momento empezamos a considerar la indiferencia una cualidad. Debió de ocurrir poco a poco. Un día alguien dijo “pues a mí me da igual” y sonó tan seguro de sí mismo que decidimos que aquello debía de ser inteligencia. Desde entonces parece que cuanto menos te impresiona algo, más mundo has visto. Si te emocionas demasiado, cuidado. Si señalas algo y dices “mira, mira”, pierdes inmediatamente varios puntos de sofisticación. Y si resulta que eso que estás mirando también lo están mirando millones de personas, peor todavía. Ahí ya existe riesgo de borreguismo.

A mí, en cambio, cada vez me gusta más la gente que señala cosas. La gente que interrumpe una conversación porque el cielo se ha puesto naranja. La que te manda una foto de la Luna aunque tú tengas exactamente la misma Luna encima de casa. La que desde el coche dice “mira esa nube” y espera sinceramente que tú también la mires. Y la que se queda un momento observando el mar aunque haya visto el mar quinientas veces. 

Supongo que para estar hasta los cojones ya tenemos el resto del día. Tenemos facturas, impuestos, averías que siempre aparecen cuando económicamente habías empezado a respirar, correos que empiezan por “Estimado/a” y jamás traen nada que vaya a mejorar tu tarde, llamadas que no quieres coger, gestiones que requieren una gestión previa para poder hacer la gestión y cartas certificadas que nadie ha recibido nunca con ilusión. Tenemos un catálogo de problemas espectacular. Algunos, además, vienen con intereses y recargo, por si el problema original te había sabido a poco. 

Por eso me resulta fascinante que, teniendo semejante surtido, todavía encontremos energía para fabricar problemas nuevos. Incluso con un eclipse. Podíamos haberlo hecho facilísimo. A uno le apetecía verlo y lo veía. A otro le importaba tres cojones y seguía con su vida. Un tercero miraba cinco minutos y pensaba “pues esperaba más”. Otro flipaba. Otro ni se enteraba. Y absolutamente todos tenían razón porque, sorpresa, no había ninguna respuesta correcta.

Pero no.

Había que decidir quién estaba despierto y quién dormido. Quién pensaba por sí mismo y quién seguía al rebaño. Quién había entendido algo que los demás, aparentemente, todavía no. 

Y me parece precioso, porque esta vez ni siquiera hemos necesitado política, fútbol, religión o tortilla con cebolla. Nos han dado el puto sistema solar y hemos encontrado la manera de discutir.

Hay que reconocer que tenemos talento.